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¿Cómo se vigilan los volcanes?


Vigilancia volcánica


Para que un volcán entre en erupción es necesaria una condición imprescindible, debe existir magma; si en el sistema no hay magma susceptible de salir es imposible que se produzca una erupción. Partiendo de este principio, si somos capaces de conocer cuales son las propiedades físicas de este magma (si se mueve, si cambian las condiciones a las que está sometido y si ello facilita su salida a la superficie), podremos establecer cuando y cómo será la futura erupción del volcán. El ascenso del magma está condicionado por su viscosidad, por ello es un proceso muy lento, incluso los magmas muy fluidos (basálticos) necesitan más de dos días para alcanzar la superficie desde las zonas de almacenamiento situadas en la base de la corteza. No se conoce ningún volcán que haya pasado de un estado de reposo al de erupción violenta de forma repentina. Aunque en muchos casos, la falta de vigilancia, la ignorancia asumida, o la dejadez ante el evidente incremento de las manifestaciones externas, haya provocado un desastre.

Fig. 1. Fenómenos presentes en un volcán activo. 1 sistema magmático. 2 peque- ños sismos rodeando el magma. 3 fractura por las que asciende gas. 4 acuíferos geotér- micos. 5 fumarolas. 6 temblores volcánicos. 7 fuentes termales. 8 sismos regionales.La (Fig. 1) muestra un esquema de la estructura interna de un volcán activo, así como los distintos fenómenos que en él tienen lugar. Hay algunos signos de la actividad volcánica que son apreciables a simple vista: aparición de nuevas fumarolas o cambios en las existentes, variaciones en las propiedades de las aguas termales, en la distribución y temperaturas de los suelos calientes o la apertura de fracturas. Otros fenómenos, como la actividad sísmica o la deformación, requieren el empleo de instrumentos muy sensibles, pues cuando son sentidos directamente por la población podríamos encontrarnos en una fase ya muy avanzada del proceso. El conocimiento que hoy tenemos de los volcanes hace prácticamente imposible que entren en erupción sin que sus signos premonitores hayan sido percibidos, aunque para ello, haya que contar con un mínimo de instrumentación situada sobre el volcán y, especialmente, con un equipo científico y técnico que analice periódicamente los datos y garantice su correcta interpretación.

En general, cuando el volcán está en reposo la mayor parte de la actividad se debe a la circulación de los gases a través del sistema de fracturas. Estos gases se mezclan con las aguas meteóricas, originando acuíferos geotérmicos más o menos desarrollados, fumarolas, fuentes termales y suelos calientes. La circulación de estos fluidos y especialmente los cambios de fase (líquido–vapor), provocan la aparición de pequeños eventos sísmicos característicos que se conocen como temblores volcánicos (tremor). Los cambios de presión, la inyección o el movimiento del magma generan series de eventos sísmicos, deformaciones en el edificio volcánico, aumento de la temperatura de los acuíferos y cambios en la composición química de los gases. La dificultad radica en poder detectar estos fenómenos, identificar sus causas, establecer los pronósticos de evolución y con toda esta información poder manejar el semáforo del volcán.

Métodos para pronosticar la actividad volcánica


Las erupciones volcánicas vienen comúnmente precedidas por pequeños movimientos sísmicos, deformación del terreno o emanaciones de gases entre otros fenómenos. El seguimiento, análisis e interpretación de estos cambios que realizan los científicos, permiten determinar si habrá o no una futura erupción y, más importante, cuándo y dónde podría producirse.

En la actualidad los fenómenos más evidentes que podrían anticipar una erupción serían:

-Incremento de la actividad sísmica, tanto en frecuencia como en intensidad, siendo cada vez más sentida debido a que se producen más cerca de la superficie.

-Deformación del terreno que, aunque no sea observable a simple vista, si es detectada por los aparatos de medición.

-Variaciones en la micro-gravedad debido al movimiento de fluidos internos.

-Cambio de las propiedades de las aguas subterráneas de las galerías o acuíferos. Pueden aparecer variaciones como un incremento de la temperatura, una mayor cantidad de carbonatos y otros elementos que obligarían a limpiar las conducciones más frecuentemente y a tener más cuidado con los electrodomésticos que usen agua. También se suele producir un detrimento de la calidad del agua potable, hay que realizar controles de sanidad con mayor frecuencia.

-Incremento en la emisión de gases del subsuelo o cambios importantes en la composición química de los mismos. Siempre hay que tener cuidado a la hora de introducirse en una galería, pero sobre todo en los periodos donde la actividad volcánica se incrementa.

 

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